(Foto: Cortesía Cap Anamur)

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Noa Freudenthal trabajó seis meses en Sierra Leona. En conversación con DW, cuenta cómo vivió el brote del virus y cómo se contagió incluso en el hospital donde trabajaba.

Deutsche Welle: Ud. Vivió el brote de ébola en Sierra Leona. ¿Sabía qué dimensiones iba a tomar la epidemia?

Noa Freudenthal: Cuando aparecieron los primeros casos en Guinea, yo acababa de llegar a Sierra Leona. Allí pensábamos que no sería un problema. Al tiempo, descubrimos que esta vez se extendía de otra forma.

¿Cómo reaccionaron cuando se supo que no se podría parar el ébola?

Nadie sabía nada de esa enfermedad. El sistema de salud ya era deficiente antes de la epidemia. Teníamos pocos médicos y llego una enfermedad nueva que no conocíamos. Muchos trataron de luchar pero había mucho miedo e impotencia. Mi colega Sara Hommel y yo intentamos garantizar la atención médica para los niños de Freetown.

¿Se enfrentó a muchos casos de ébola en Freetown?

Tuvimos a una joven de once años que estaba aislada y dio positivo en las pruebas. El aislamiento en los hospitales era una medida únicamente transitoria. Después, la paciente fue enviada a un centro de tratamiento. Cuatro semanas antes de volverme, el hospital se cerró tras conocerse otro caso positivo de ébola en nuestra estación que no estaba aislada.

¿Cómo pudo pasar?

Desarrollamos un formulario de preguntas para que lo rellenasen pacientes o sus familiares. En este caso, el formulario no indicaba sospechas. Pero el padre había mentido. Dos días después, cuando llego la madrastra y comenzaron las hemorragias, nuestros compañeros preguntaron de nuevo. La madrastra conto que el niño había estado en contacto con una abuela que había fallecido. Toda la familia había estado en el entierro. Entonces, el pánico cundió en el hospital.

¿Pudo protegerse suficientemente?

Tuvimos mucha suerte de que Cap Anamur había traído ropa protectora. No teníamos trajes de cuerpo entero. Solo una bata, guantes y gafas. Tratábamos de reducir el contacto con fluidos corporales para protegernos. Teníamos que servir de ejemplo para el personal y enseñarles a protegerse. Un solo caso bastó para que tres semanas después enfermasen seis médicos y 24 enfermeras. Para nosotros fue un aviso para tomar más medidas de aislamiento. No podíamos saber si dicen la verdad o no.

¿Se enfadó cuando supo que el padre había mentido arriesgando la vida de otros?

Teníamos miedo y no estábamos seguros, pero entendíamos al padre. Temía por su hijo. Había rumores de que se mataba a los contagiados en los hospitales y quería protegerle. Ya nos habían advertido, pero no fuimos conscientes hasta que sucedió este caso.

¿Qué paso con los pacientes cuando cerró el hospital?

Fue el peor momento en los seis meses. Tratamos de dar el alta a los 130 pacientes. Dependiendo del estado de salud, no fue nada fácil. A muchos los enviamos a casa antes de lo normal.

¿No es difícil tener enviar a enfermos y a niños a casa?

El ébola es un gran problema y el sistema sanitario de Sierra Leona colapsó. Ni siquiera se pueden tratar enfermedades curables. Muchos niños y adultos no reciben tratamiento por la malaria o el tifus. Supimos que no íbamos a poder aceptar más pacientes y tuvimos que enviar a casa a padres que esperaban con sus hijos en el hospital. Esta decisión iba incluso contra nosotros mismos.

La pediatra Noa Freudenthal pasó seis meses en Freetown, capital de Sierra Leona, con la organización Cap Anamur tratando a niños en un hospital.

(Fuente: Deutsche Welle )