Ronald Arquíñigo: "El amor es solo un paréntesis en nuestra vida"

José Miguel Silva @jomisilvamerino

A sus 31 años, Ronald Arquíñigo Vidal busca consolidar una imagen propia en la literatura. Su más reciente publicación es el libro de cuentos Cada uno con su infierno (Editorial Summa, 2013), que será presentado este miércoles 26 de febrero a las 8 pm. en el Cholo Bar de Barranco.

Conversamos brevemente con él sobre su obra, que cuenta con comentarios muy elogiosos del escritor argentino Pablo De Santis.

Tienes 31 años. ¿A qué edad publicaste tu primer libro?
A los 24.

Algo precoz, ¿no?
No sé si precoz. Yo tenía pensado que hasta ese entonces, a esa edad, alguien que quería ser escritor debería tener, no sé si una publicación, pero sí por lo menos tener un material importante para por lo menos intentarlo.

Antes de publicar llegaste a hacer de todo. Cuéntame.
Trabajé en muchas cosas. Mientras estudiaba antropología, buscaba trabajos que me permitan pagarme mis pasajes. Fui pintor de brocha gorda, guardián de un edificio en Surco, dibujante para el Ministerio de Educación. Hice de todo un poco.

¿Por qué estudiaste antropología?
Cuando era chico, yo leía a Arguedas. Sabía el peso de sus libros por su disciplina paralela, la antropología. Entendí que esta disciplina podría agrupar a otras como la filosofía, la historia, la arqueología, la historia y la literatura. Entonces, me interesó y pensé que quería estudiar eso.

¿No te has arrepentido?
No, muchas veces me preguntaban por qué no me puse a estudiar literatura. Consideré que no podía perder mi tiempo estudiando algo que por mi cuenta iba a leer. Yo podía estudiar matemática, biología o lo que sea, pero siempre iba a leer literatura. No me arrepiento. Tuve profesores como Carlos Ivan Degregori, Fuenzalida, entre otros.

¿Cuándo se formó tu hábito de la lectura?
En eso no fui precoz. Creo que me acerqué poco a poco a la lectura con Ribeyro, casi a los quince años de edad. Con él fue que por primera vez leí un libro en la primera página y la cerré a la última. Me deslumbré, reí y lloré con sus cuentos.

No es difícil deslumbrarse con Ribeyro.
Claro, por eso a él le tengo bastante cariño.

¿Y cómo se fue transformando tu capacidad lectora?
Empecé leyendo a Ribeyro y, más adelante, por asociación llegué a otros como Alfredo Bryce, Mario Vargas Llosa. Luego, cuando dejé el colegio, me empecé a involucrar con la literatura policial. ¿Cómo hacía para comprar libros si tenía pocos recursos? Me iba a Amazonas y compraba estos libros pequeñitos que siempre estaban en oferta, estos policiales. La literatura policial fue lo más inmediato que tuve.

¿En qué momento pasas de la lectura a escribir?
En la adolescencia. Uno de los biógrafos de Chandler dice que este autor inició como todos los escritores: “escribiendo poesía y mala”. Entonces, creo que fue así. Empecé a escribir poesía. Aún conservo los poemas que escribí y que aún no rompo. En un momento, sentí como que eso no me llenaba. Empecé a ensayar con los cuentos y luego con la literatura policial.

¿Es todavía muy difícil para los escritores que no están cerca del mundo editorial o que no tienen un ‘padrino’ llegar a darse a conocer?
Claro. Esto del padrinazgo. Yo tengo un padrino que publica en una editorial grande y me puede contactar con otra. Hay aún este estigma del escritor de las urbes, del escritor marginal, de los conos, que puede escribir muy bien pero no tiene la tribuna de una editorial que publique sus obras. Hay mucha discriminación, mucho mirar al otro con el rabillo del ojo. Así quedamos condenados a pagar las ediciones de nuestros primeros libros.

Te fuiste a Argentina hace cuatro años y medio. ¿Fue un viaje de placer, turismo o de qué?
Fue un viaje de inquietud. Estaba un poco asfixiado, necesitaba oxigenarme. Sentía que la publicación de mi primera novela no me había dejado satisfecho. Necesitaba adquirir experiencia, conocer más, salir del país. Además, Buenos Aires es una ciudad que atrae al común de las personas. Es una plaza cultural importantísimo.

¿Cómo fue tu encuentro con Pablo De Santis?
Fue muy chévere. Me había propuesto ir a ver una conferencia de Alan Pauls. Entonces, fui a la facultad de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires a imprimir los libros y a ver unos cursos. Fui llevando el ‘machote’ de mi libro y de pronto vi, al otro lado, a Pablo De Santis. Me quedé asombrado y decidí cruzar para hablarle. Temía que sea una persona seca o descortés y fue todo lo contrario. Siempre recordaré su amabilidad y sencillez.

¿Y qué le dijiste?
Cuando le di un papel para que me diera su dirección, correo y teléfono, se me cayeron todos los papeles al suelo. Él me ayudó a recogerlos. Fue una situación bastante incómoda pero al final muy bonita. Luego me citó a un café, nos encontramos puntualmente. Tomamos un café, conversamos sobre Lima. Me habló de Alonso Cueto, a quien recuerda mucho. Pablo había leído mis cuentos y me dijo que le gustaron. Aunque claro, me dio unos tips.

¿Te sentiste en algún momento desanimado, con ganas de decir que esto de la literatura no funciona?
Sí, varias veces. La situación más complicada fue cuando publiqué Homicidas cotidianos. La tirada fue de mil libros, pero no se movió bien. Le había muchas ganas, invertí mucho y no le fue bien. No sentí la recepción de la gente.

¿Pero sabes que eso no depende mucho del escritor no?
Claro, aunque tampoco culpo al editor, porque el editor fue una persona que yo admiro mucho y respeto. Simplemente, por algunas circunstancias el libro no se movió. Tengo en casa los ejemplares y espero poder sacar una segunda edición en algún momento.

Es inusual publicar un libro de cuentos y ponerle un título (Cada uno con su infierno) ajeno a estos.
Justamente, mi intención era que todos los cuentos se sintieran abrazados por el título. No quería que haya un cuento protagonista. Cada uno de los relatos acusa el título del libro.

Si te invitaran a una conferencia y te pidieran que leas uno de los cuentos para presentarte. ¿Cuál sería?
Me gusta mucho Carta abierta. Lo escribí en un momento bastante difícil en Buenos Aires.

Tiene mucho de la ciudad, los lugares…
Es que lo escribía mientras caminaba por allí. De hecho, cuando cruzaba una calle veía el colectivo del 111 yéndose para Retiro. Veía parejas besándose, a un policía, a una mujer. El café 9 de julio. Ese, junto a El anciano del bandoneón me gustan mucho. Ambos tienen mucho de lo que me pasó allá.

En Muerte súbita, esta idea de la muerte en sí misma, es algo de lo que se ha escrito mucho. ¿Cuál es para ti la idea de la muerte?
Es la decisión final y principalmente algo que no decidimos. Nos sopla en la nuca en cada momento. No sé si me interesaba tanto la poética de la muerte pero sí la poética de esa sensación frente a ella. A veces el miedo a la muerte, la proyección o la especulación con respecto a ella ronda en la cabeza. Eso es Muerte súbita, el ser desposeído, que ha sido aplastado por la derrota física, anímica. Es el ser que odia su suerte. Por eso la condición física del enano, que camina y hasta los arbustos son más grandes que él.

En El escritor, su mujer y la tarde, hay una especie de parodia contra los escritores que sienten que no se pueden espirar, que no funciona su trabajo. ¿Por qué escribiste ese cuento?
Ese cuento tiene mucho de mí. Lo escribí cuando estaba con una chica en Argentina que siempre me mostraba fotos de grandes autores junto a sus esposas o parejas. Ella decía que quería ser la María Kodama de su Borges (yo).

Te tenía fe.
Más que fe, estaba enamorada de mí. En fin, la parodia es justamente eso, el escritor que escribe, su mujer que lo besa, lo mima, lo acompaña y lo retrata, pero a él le importa un carajo. El autor escribe sobre otra mujer. Es una parodia de las parejas que dicen que te acompañarán siempre.

Finalmente, ¿cuál es tu idea sobre el amor?
Es complicado. Una vez escribí que el amor es una inmunda bola de m… El amor nos obliga, a veces, a sentirnos mal, o a sentirnos bien, pero a sabiendas de que vamos a estar mal. El amor es un paréntesis, no es todo en la vida. Fuera de este paréntesis, la vida puede ser genial.

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